Herem

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Posted in Poético by Maria de Herem on abril 7, 2007

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– † –

Tan imposible de no repugnar. Lo abominable.

La belleza y el horror eran los anfitriones del convite.

Algo tan nauseabundo como eso.

La belleza y el horror iban de la mano como una pareja de novios

Jóvenes novios. Novios enamorados y a ella la cubría un manto.

Parecían no tener más que ojos enfermos de deseo el uno para el otro.

Pupilas inflamadas, enquistadas en el deseo enfermizo del verdor del otro o en el atril confesional del amor

Y alguna lengua interesada y versada en los mitos de mis ancestros que me lo hizo creer.

El santo sacramento de la pureza los honraba. Yo podía pensarlo.

Las invitaciones carmesíes, la llamada de las cornamusas en la epifanía de la ermita…

Porque el horror tiene prohibida la entrada a catedrales y a templos…

pero ocurre en el campo, en la batalla, en la peste, donde no pueden prohibirlo

Además estaban aquellas cenizas que volaron entre mis labios en la confusión de los humos álgidos.

Y alguien que dijo que celebrábabamos el bautizo de un recién nacido.

Imagínate yo, allí, respirando con toda mi delicadeza.

Y de repente el aire de la colina se envenena de cierto tufo u olor a vomitado.

Y tú que te habías asombrado, aletargada por la sospecha del amor.

Tú que habías luchado con la incertumbre de sus paredes hirientes y sus hiedras,

casi atenazada, casi asfixiada, por el dulce contacto mortal que te propagaron por las arterias

– las hiedras son vampiros, vampirizan hayas rojas y majestuosas, en los parques, a la vista de todos,

que contemplan asombrados como yo sólo a la belleza sin ser conscientes del horror,

mientras las estrangulan en el abrazo opresivo de su desconocido afecto –

Es una muerte lenta. Muy lenta. Es la agonía de la lentitud.

Languidecer en la muerte como ese haya,

sin que apenas nadie observe la realidad de como ocurre lentamente esa agónica muerte.

Sólo tú que eras el horror y lo sabías.

Y entonces ese aire que se envenena,

¿qué importa cómo lo hace?

Pero hay una llamada. Es una llamada desde el Norte.

Una llamada que te extirpa en menos de un segundo quirúrgicamente la esperanza.

Da igual lo que te dice. Te da la sensación de haberte quedado sin sangre.

Pero lo que te dice es también una mutilación

Y la liberación de los caracoles nocturnos que sólo esperan a que remita la lluvia.

Entonces me imagino tu mente, como era.

Como debía de ser. Y miro al niño que llevas entre los brazos,

por fin se me ocurre mirarlo y es un grajo envuelto en una mortaja.

Y tú no eras la belleza. No hizo falta que te quitaras el manto.

Eras sólo la maldad y no sólo la maldad.

Yo asistiendo al convite de la maldad y el horror.

.

.

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Así que imagínate cómo te puedo sentir ahora. E imagínatelo cada vez que me escribas. Porque para mí así es. Y me gusta, no creas que no, visitarte. Me gusta Mucho. Tanto como antes no me gustaba el que me inclinaras a hacerlo. Y bueno, yo me siento bien. ¿Sabes lo que sucedió después? Pues que los convidados huimos como alma perseguida por el diablo de aquello, de todo, y hablamos durante un tiempo, sí, de vosotros, unos días, y luego nos olvidamos de todo, porque no era un asunto nada agradable y además era trivial, asquerosamente trivial, imperdonablemente trivial, y nosotros lo que queríamos era sólo cantar y danzar. Así somos. Despreocupados e ingenuos. Y mucho mejor que la belleza no haya decidido casarse con el horror. Hubiera sido muy triste. Un día de luto riguroso para el mundo. ¿No lo crees tú así? Porque yo te sonrío. Después de todo sé hacerlo.Y no, sé que no es lo común. ¿Cómo no iba sonreír? – y aquí se esboza una sonrisa exenta de toda irónica intención – Es que si no lo entiendes significa que no has visto jamás a esos caracoles nocturnos que te mencionaba y por eso no comprendes de lo que te hablo. Pero cerca de ese lugar de su paseo, instantes antes de descubrirlos, una vez me encontré un trébol de cuatro hojas en el suelo. Asombroso, ¿no? Sobre todo porque yo iba admirando el peregrinaje de las estrellas. No sé ni cómo pude verlo. Pero el trébol siguió allí todas las noches, como si siempre hubiera estado esperándome o alguien lo hubiera pintado a ex profeso para mí. Hasta tal vez para escribírtelo precisamente hoy a ti.

flores-del-deseo


Y mira… estas son las flores que me gustaba soplar de niña para hacerlas volar. Tan delicadas y etéreas. Fíjate, lo que debía de parecerles a ellas eso. Claro, si hubieran pensado ¿y sabes lo peor? Que sigo haciéndolo porque recuerdo que de niña me hacía feliz y … la crueldad también es así. Un horror para la conciencia cerval (que dice destrozar) pero la belleza para la inocencia. Ese era el peligro. Y eso fue lo que abortó aquella llamada. ¿No soy afortunada? Y otro día te cuento, ¿sí?, de las cornamentas de los ciervos… de sus cornamentas y sus feroces muertes

Una respuesta

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  1. Maria de Herem said, on marzo 7, 2009 at 9:02 am

    No pretende ser un poema.
    Fue escrito como denuncia en un momento en que fui acosada en red, o alguien me tendió una trampa. No sé lo que fue aquello. Sólo que me hizo sentir mal. No deberían de suceder estas cosas. Aunque pensándolo bien… son culpa nuestra. De algunos que somos tan cándidos… a veces sí. No importa. Otra vivencia más. El texto pretendía alejar al depredador. Decirle: ‘te he descubierto y sé quien eres. No quieras jugar más a costa de mí.


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