Herem

– Andreu y Rimbaud –

Posted in HEREM, Poético by Maria de Herem on abril 27, 2007

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Mi nombre es Andreu. Aunque Andreu no es mi nombre. Es mi apellido. Pero aquí soy Andreu. Andreu hoy se siente destrozada. Cree o siente que se está jugando a su amante. Andreu calla. Andreu finge que se extingue. Parodia un suicidio.

– ¿Cómo es la muerte? – me mira acostada a mi lado y luego de un silencio sostenido me pregunta Rimbaud.

Hay una suave luna que se filtra por las rendijas de la madera de la persiana y que me permite observar sus rasgos de muchacha renacentista. La muerte es lo abominable -le digo serena. Lo abominable que quiere acostarse a nuestro lado. La muerte que está desnuda. Y se rodea de sombras. La muerte que son los huesos. Fríos al contacto y que nos abraza. Rodeada por la carne de esa Sombra que como es carne, es carne espeluznante. La muerte es el abrazo de un amante. Daba miedo pensar que él, si es verdad lo que sentiste, se te iba a morir en los brazos.

– Ya… qué hacías tú con aquello… si se te moría entre los brazos…

Pero lo dijiste como si ya no me hablases del mismo instante. Me lo habías relatado anteriormente, repetidamente, al principio de todo, al mes, casi hasta ayer mismo, con tanta náufraga emoción y ahora… No, olvidas. ¿Qué va ahora? -te dije que le preguntaste a él en un intento desesperado de que te regresaras al guión, de que no hicieras descarrilar mis proyectos ni tus necesarias esperanzas…

– No lo sé. No lo sé. No lo sé

Emulas entonces la voz de tu hombre, el recuerdo de la voz de él naciendo de tu garganta. El mismo hombre. El mismo recuerdo. Un hombre muriéndose en un orgasmo.

– Y tú … abrazándolo como si fueras una madre, que abraza al hijo de otra. De repente…

De repente qué Rimbaud… -cambios en tu respiración – … -te pregunté. Dijiste que no ibas a hablar para él -me recriminaste. ¿Quién eres tú, quién eres tú que me acabas de hacer daño? Ni siquiera me reconocías en tu autismo emocional pero era mi pecho lo que golpeabas. ¿Cómo no ibas a preocuparme? Dijiste que no ibas a hablar para él -repetiste. Dijiste que íbamos a escribir. ¿Por qué me haces esto? ¿Por qué me haces esto? -pero ya gemías mientras yo sólo trataba de explicarte dulcemente que eso en realidad se lo recriminabas a él y no a mí…

– Él no me hace nada. No te hace nada. Déjalo. Déjalo estar. Cuando se acuerde de nosotras ya nos llamará. Déjalo que se acuerde de nosotras. ….

Y en ese beso persuasivo de tu boca ya rezaban los sonidos del placer. Eso es. Eso es. Eso es -te alentaba yo mientras mi dedo buscaba tu pubis que se entreabría a mi contacto.

– Quiero morirme yo como él -me suplicabas cálida pero conociendo irremediablemente la respuesta imposible

Eso es. Eso es. El ruido de tu placer es caliente. Ronroneas y algo más. Las dos manos me pides.

A.

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