Herem

Una historia inventada con la pintura de Antonio López

Posted in Poético by Maria de Herem on octubre 16, 2007

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‘… Pero ningún pentecostés de alas ardientes desciende sobre mí…’

– OLGA OROZCO –

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Mari sueña esa noche con los andamios del amor. Con benditas azoteas y las prosodias del tacto. La versión inverosímil de dos, con afanes de misioneros, que feroces se predican el deseo. Y de un Madrid solitario, al amparo del más furtivo de los abrazos del cielo, en la Atocha tórrida de la imaginación. Donde 50 pares de ojos yacen con ellos escondidos tras las ventanas. La ventana es un mundo prodigioso. Y los sueños las cortinas de un oráculo. Hermético o invertido talweg.

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La Gran Vía tan desierta y su silencio amenazado sólo por el golpeo de las alas de algún murciélago transeúnte. Era el final de la pesadilla de un hombre. Aunque no comenzó así. El principio fue más amable. Como tantos otros principios amables que luego rompen sus estrechos lazos de amabilidad.

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Mari despierta y asoma algún resquicio de ella desde su ventana de Embajadores. Un fósforo ilumina violetas de empatía en un vaso de cristal con agua destilada de rocíos. La dedicatoria para esos amantes no dóciles, que se escapa del sueño, y un beso febril. Era el postre del otoño que desnudó a los árboles. Y el cinabrio del edificio que sonríe al sol tímido del todavía amanecer

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La luz en la cocina de Eulalia y huele humo y a carne quemada. Un hedor repugnante y atroz que Mari no se explica.

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El hogar de Mari es un estudio desnutrido con tres puertas. Pero fue lo más barato que encontró cuando quiso dejar Cáceres y los murmullos de aquellas gentes atrás. Y ella, después de todo, lo trata como a un asilo de ancianos olvidado hasta de la vejez. A su padre, con el que convive, no le importa.

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El baño es otro asunto. La felicidad momentánea de un huerto de mentas y azulejos. Donde el agua es herrumbrosa pero acariciadora y cálida. Eso le permite aún unos minutos, para rememorar las noches que contuvieron los vestigios de las veloces poesías.

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Frente a un espejo y un lavabo antiguo, un hombre está apunto de afeitarse y la recuerda. No a Mari, o puede que no, pero si el rastro del olor del cuerpo de una desconocida a la que se amó. Sólo que aquello era un sueño y después una mujer moría. Horriblemente moría. Y Mari, o puede que no, bebía entonces el agua de un vaso con flores y un fósforo incendiaba un oscuro secreto escrito en una fotografía velada.

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Al salir al pasillo el fantasma de la madre le esperaba oculto tras un lienzo. ¿Qué quería mostrarle? Quiso haberse aprendido el teléfono de dios para preguntarle algo: ¿por qué mi madre me sigue llorándome por la vida? Sus apariciones y el llanto de la mujer solían significar noticias desagradables para él. Lo bueno era que ella ya no decía nada, ni una sola palabra, y él ya no tenía que destrozarse las meninges inventándose alguna razón que pudiera consolarla.

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Pero la siguió hasta el aparador del comedor, porque en el fondo era un buen hijo y sentía cariño por los invisibles pasos de la madre. Sobre una bandejita de plata había restos de algo quemado, que debió ser una fotografía. Y sobre esos restos unas llaves. No se lo pensó dos veces y salió con las llaves a la calle. La madre le siguió secándose las lágrimas.

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Nadie se fijó en ellos porque en el mundo no parecía existir nadie para mirarlos.

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Cuando el hombre llegó a su destino en Embajadores, Mari desgastaba, con suaves golpeteos de nudillos, la puerta de su hermana Eulalia. Extrañamente a Mari también la acompañaba el fantasma de un hombre. Debía de ser su padre. Ellos dos se reconocieron del sueño pero ninguno dijo nada. Tampoco los fantasmas lo dijeron.

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Eulalia calcinada sobre una silla los esperaba, quizás para invitarles a comer y presentarlos. Otro de esos enigmas de la combustión espontánea. La cara muy negra. El pubis muy poblado. Las piernas y los labios vaginales muy abiertos…

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Como la nevera que ni se había molestado en cerrar.

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Debió ponerse a adobar el conejo y se le fue el santo al cielo. A veces yo he pensado que cualquier día podría pasarme a mí. Arder en las latitudes de mis ardientes infiernos como Eulalia.

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ANEXOS:

*Biografía del pintor

*Web con 113 pinturas suyas

Una respuesta

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  1. mariaangul said, on enero 16, 2009 at 12:41 pm

    DENSOS VELOS TE CUBREN, POESÍA

    No es en este volcán que hay debajo de mi lengua falaz donde te busco,
    ni es esta espuma azul que hierve y cristaliza en mi cabeza,
    sino en esas regiones que cambian de lugar cuando se nombran,
    como el secreto yo y las indescifrables colonias de otro mundo.
    Noches y días con los ojos abiertos bajo el insoportable parpadeo del sol,
    atisbando en el cielo una señal,
    la sombra de un eclipse fulgurante sobre el rostro del tiempo,
    una fisura blanca como un tajo de Dios en la muralla del planeta.
    Algo con que alumbrar las sílabas dispersas de un código perdido
    Para poder leer en estas piedras mi costado invisible.

    Pero ningún pentecostés de alas ardientes desciende sobre mí.
    ¡Variaciones del humo, retazos de tinieblas con máscaras de plomo,
    meteoros innominados que me sustraen la visión entre un batir de puertas!
    Noches y días fortificada en la clausura de esta piel,
    escarbando en la sangre como un topo,
    removiendo en los huesos las fundaciones y las lápidas,
    en busca de un indicio como de un talismán que me revierta la división y la caída.
    ¿Dónde fue sepultada la semilla de mi pequeño verbo aún sin formular?
    ¿En que Delfos perdido en la corriente
    suben como el vapor las voces desasidas que reclaman mi voz para manifestarse?
    ¿Y cómo asir el signo a la deriva -ese y no cualquier otro-
    en que debe encarnar cada fragmento de este inmenso silencio?
    No hay respuesta que estalle como una constelación entre harapos nocturnos,
    ¡Apenas si fantasmas insondables de las profundidades,
    territorios que comunican con pantanos,
    astillas de palabras y guijarros que se disuelven en la insoluble nada!

    Sin embargo
    ahora mismo
    o alguna vez
    no sé
    quién sabe
    puede ser
    a través de las dobles espesuras que cierran la salida
    o acaso suspendida por un error de siglos en la red del instante
    creí verte surgir como una isla
    quizás como una barca entre las nubes o un castillo en el que alguien canta
    o una gruta que avanza tormentosa con todos los sobrenaturales fuegos encendidos.

    ¡Ah las manos cortadas,
    los ojos que encandilan y el oído que atruena!
    ¡Un puñado de polvo, mis vocablos!

    OLGA OROZCO


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