Herem

Del laberinto de Cortázar y del deseo de Pasifae

Posted in CORTÁZAR, Mitología by Maria de Herem on diciembre 27, 2008

<<A la vista del laberinto, de mañana.

Sol ya alto y duro, contra la curva pared como de tiza>>

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El principio del laberinto es un crimen. Pero el de Minos y su codicia. En el corazón de la enrevesada telaraña de pasillos surge hoy ante mí y como un lapislázuli, el precioso monstruo cortaziano de ‘Los Reyes’. Y porque era en Mesopotamia donde esta piedra simbolizaba el cielo nocturno. Y la noche es mi Rito.

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En los sueños a través del laberinto podemos perdernos recorriendo caminos que no conducen a ninguna parte; establecernos en la angustia y el agotamiento de recorrer kilómetros y más kilómetros sin movernos prácticamente del sitio y sin acertar con esa salida que podríamos haber dejado ya atrás un centenar de veces. El laberinto onírico como dijo Kolósimo es el acta de la acusación más brillante contra nuestra debilidad de carácter, la falta de decisión y la tendencia a crear, en nosotros mismos y en los demás, problemas innecesarios. Así que sus paredes están empapeladas de todos nuestros ‘pero’, ‘quizá’, ‘sí, ‘por qué no’ … Como Diel, el inconsciente, el error, el alejamiento de la vida. Y aunque también se erige como reseña en el foso del durmiente de esa paradoja de la reacción química y equilibrada ante el absurdo. Eliade, por otra parte, nos señala que la misión esencial del laberinto era defender el centro; es decir, el acceso iniciático a la sacralidad…

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Bajo la férula de Minos el pueblo cretense abraza la cima de la cultura y el refinamiento.

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Sobrevolamos el Egeo donde Minos cuenta con el favor del dios Poseidón, ‘El-Que-Sacude-la-Tierra’; porque en forma de un gran toro negro brama desde dentro de las subterráneas cavernas y hace que tiemble el suelo. Yo una vez sentí ese temblor de los pilares de la tierra. Fue cuando mi toro manso dejó que sus manos descansaran de su rabo y lamió el sexo cuadrúpedo de aquella mujer que yo era vuelta del revés… que le ofrecí cuando corrió el vino baquico y me hice puente, de lujuria, mieles, huesos y piel.

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Poseidón es un dios elemental de la fertilidad y consorte de la diosa madre. Y Minos es favorecido al pactar un trato con éste. A Minos, el dios, le promete la supremacía eterna sobre los mares, si a cambio Minos le ofrece como sacrificio un toro blanco, bello y perfecto, que es parte del rebaño sagrado. Pero aunque el dios cumple con su parte, Minos no, porque se hace la siguiente reflexión: ¿Por qué debo renunciar a este toro? Este toro es mío, es un bien que me pertenece. ¿Por qué debo sacrificarlo? Es mucho mejor que lo conserve en mi manada, engendrando más toros, que muerto y sobre el altar, ofrendado a un dios que, después de todo, no lo necesita.

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En consecuencia Minos decide estafar a Poseidón y haciendo un trueque engañoso, le ofrenda otro toro, también blanco, pero ligeramante manchado. Y a causa de esta acción inspirada por su codicia, Minos invoca al hado que lo abate.

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Muy naturalmente, Poseidón se enfada y recaba la ayuda de Afrodita para que lo vengue.

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Cuando los dioses se encolerizan sus castigos son más atroces que los delitos que se proponen castigar. Y por ese motivo Afrodita aflige a la esposa de Minos, Pasífae, con una abrumadora pasión sexual por el toro blanco que se había librado del sacrificio. Y así es como Pasifae recurre a Dédalo, a quien confía ese recién nacido y delirante bestialismo. Y Dédalo, que vivía desterrado en Cnossos construyendo muñecas de madera animada para Minos y su familia, promete ayudarla y a tal fin construye una vaca de madera hueca, que cubre con cuero de vaca; y bajo cuyas pezuñas se ocultan unas ruedas que sirvieron para transportarlo a una pradera de las cercanías de Gortina, donde el toro de Poseidón, pacía bajo las encinas al tierno solaz de las vacas de Minos. Dédalo entonces mostró a Pasifae como se abría la puertezuela corrediza de la falsa vaca. Para que la ardorosa hembra, transida de calentura, pudiera deslizarse por ella, e introducir sus piernas en los cuartos traseros; ofreciéndole su coño regio al toro que sucumbió inmediatamente ante la ferocidad del deseo que delataban sus amorosos mugidos. Y así fue como del pecado de la carne hambrienta y la rijosidad del sexo… Pasifae engendra al Minotauro, que algún día dará lugar a la historia de Cortazar. Porque las cosas llegan porque tienen que llegar. Y así es como se aprende a existir…

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2 comentarios

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  1. mariaangul said, on diciembre 27, 2008 at 9:12 am

    “Como se sabe, todos los mitos aparecen en diferentes versiones; pero al leer el recuento más completo del mito de Teseo, el de Plutarco, nos llama la atención la gran cantidad de versiones contradictorias existentes de este relato en particular. Precisamente el encanto de la narración de Plutarco proviene de su manejo de tantas versiones diferentes del mismo texto, versiones que se cancelan mutuamente y oscurecen o eliminan del todo la posibilidad de una versión principal. Leer a Plutarco es darse cuenta de que el mito, aunque esté organizado en torno a un cierto núcleo narrativo implícito, no es un texto fijo, sino un conjunto de narraciones superpuestas.”

    (Julio Cortázar. El escritor y la crítica, pág 67)


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