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¿Qué será lo que le sucede a la odalisca con magnolia de HENRI MATISSE? – El adagio y el oboe –

Posted in Oído, Olfato, POESÍA, Tacto, Vista by Maria de Herem on febrero 3, 2009

odalisca-con-magnolia-de-matisse

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<<Primero fue un olor, después el pecho hueco,/ luego de cerrar los ojos y el murmullo del agua;/ y así volver, sin ruido, a un día del recuerdo,/ bajo un alto naranjo, donde una niña estaba/ iniciando desnuda la lluvia con su cuerpo,/ mientras el sol caía y la tarde mojada/ era un oro intocable naciendo de su pelo…//>>

De ‘Remoto adagio’

WALDO LEYVA

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Oboe Concerto in D Minor, 2º movimiento

– TOMASO ALBINONI –

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Concierto para oboe en D menor

– ALESSANDRO MARCELLO –

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Oboe Concerto No.3 in G minor

– G. F. HÄNDEL –

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Concierto para oboe

– G. P. TELEMANN –

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Oboe Quartet In F Major K 370 Adagio

– A. MOZART –

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Oboe Concerto in la minore, RV 461 (III. Allegro)

– A. VIVALDI –

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Cantata BWV 156

– J. S. BACH –

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Gabriel’s oboe

– ENNIO MORRICONE –

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3 comentarios

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  1. Maria de Herem said, on marzo 3, 2009 at 11:18 am

    EL NIÑO DEL OBOE

    El niño del oboe toca entre las Madreselvas, y el agua de estrellas da luz a sus ojos de miel de abeja. Las flores abren sus pétalos regalando fragancia, y el aire se perfuma con coquetería de corista.
    El niño lanza bemoles y las flores danzan en su suelo cubierto de esmeraldas.
    El niño viaja en el espacio, donde su cuerpo es un pétalo de rosas, y los pentagramas limpian el sudor de su frente de Madreperlas, sus labios pálidos silban melodías que los abedules repiten meciendo sus ramas, y los colibríes lanzan en hermosos trinos de arco iris.
    El niño busca a su hada, y enamorado abre las orquídeas, para hundir sus besos en ella. Los peces de alegre bermellón saltan entre los corales, y alegres sirenas de ojos azules saludan al niño, mostrando sus coleteos de verde jade.
    El niño del oboe busca su hada, y hunde su mano entre las margaritas, y los dedos se le llenan de tréboles. Los campos de amapolas abren sus vestidos soviéticos, y lanzan sus suspiros recordando la estepa.
    El niño les habla con dulzura y les canta las canciones de la vieja Natacha.
    El niño del oboe sigue buscando su hada. Corre hacia las flores de azahar de los naranjos y deja que los poros de su piel se llenen de mandarinas.
    La flor de los vientos le eleva en el aire y se pierde entre las bandadas de golondrinas, y se deja acariciar por los albatros para caer deslizándose pícaramente por las faldas de las montañas.
    Allí los edelweiss le llenan los cabellos de nieve, convirtiéndose momentáneamente en un viejecito de pequeña estatura, y los duendes de las nieves les lanza pelotas escondidas entre los muñecos blancos que construyeron sus manos, parecen de algodón.
    Y el niño del oboe les pregunta: “¿conocéis a mi hada?”… Y escapan riéndose mientras alegres campanas rompen el silencio y el eco devuelve su sonido detrás de los ocasos.
    El niño del oboe les persigue y una bandada de unicornios derrapa sobre el estanque helado.
    Pegaso, que les sigue de cerca, planea abriendo sus enormes alas blancas para recibir los rayos del sol.
    -“¿Dónde está mi hada?” – les susurra el niño del oboe, deslumbrado por tanta belleza y ellos siguen su viaje donde se pierde el horizonte.
    El niño les ve partir y se pregunto (mientras bebe sediento del polen de una flor de cristal, traída por un viejo mago de Oriente, del jardín del príncipe de las mareas.)
    El niño cogió su oboe y lo depositó muy dulcemente entre sus labios y dejó escapar su aliento, como el aleteo de un desfile de mariposas. Su sonido fue como una caricia amante, como dejar resbalar los dedos en una espalda desnuda provocando el deseo.
    Pensaba en su hada, y una luz etérea salía de los agujeros de su oboe. Una figura incandescente se iba formando ante sus ojos.
    Él no dejaba de tocar como poseído por una extraña fuerza. Él siempre había tenido la respuesta, la llave, el resorte, y allí estaba ella, semidesnuda, con sus pechos bañados en luna.
    Dicen que hicieron el amor sobre una nube y que se dejaron llevar por una brisa del Mediterráneo.
    No se volvió a saber más del niño del oboe.
    Solamente en primavera, cuando salen las primeras flores surge el sonido de su oboe, entre las corrientes de los ríos, en el fresco caño de las fuentes, entre los pájaros, en la copa de los árboles.
    Por eso el primer día de primavera no dejan salir a los jóvenes ni que se adentren en el bosque. Porque ninguno escapará al mágico encantamiento. Se enamorarán y escaparán a los caminos, y buscarán entre el cielo y la tierra esas manos que recorran su cuerpo e incendien su piel, esos ojos que sean como espejos, esa boca que apague su sed. Y no retornarán hasta que encuentren a la persona amada.

    Antonio Ruiz Pascual

    http://elvuelodehecate.blogspot.com/2009/02/antonio-ruiz-pascual-el-nino-del-oboe.html

  2. […] algo prodigioso tuvo aquel café fue sorberlo en un adagio. Me acompañaba Telemann, el compositor más prolífico de su época, olvidado hasta comienzos del siglo XX y borrado […]


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