Herem

El primer día que vi en ella el emblema de la flor del cañamo…

Posted in HEREM by Maria de Herem on abril 9, 2009

Me siento un poco confusa.

Hay un hombre sentado al fondo del bar. A veces lee un libro del que no imagino el título pero del que pienso que será alguna trama futurista, a veces revisa un pequeño cuaderno de tapas gruesas y anota algo en él. Parece una de esas agendas atípicas que no se ven en estas tiendas de los alrededores. A veces habla por teléfono y sonríe y a veces simplemente se limita a mirar a la calle como la miro yo. Y a veces …
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No lo sé. No sé si me estremezco en el instante en el que él va a penetrarme. Pero eso fue de lo último, que el hombre que a veces se limitaba a mirar por la ventana, habló… y quizás tiemble contra él como una luna en el agua… Sí, como en aquel beso de mirada cíclope de Cortazar, un único sabor a fruta madura… Pero ahora, es el aquí y el ahora de esta tarde frente a otro hombre, aunque éste viste un polo de lacoste de color vino y no una camiseta de algodón sin mangas.

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cindy-sherman

© CINDY SHERMAN

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Y hay una celebración, una de las más salvajes que conozco. Una carrera de asnos montados por gitanos disfrazados con pelucones y visajes de bruja y de payaso, esperpénticos rostros, muecas astrágalas, ardides con espuela en la feroz contienda. Como si tanto color y tanto enredo pudiera atenuar el dolor ocre de los palos. Quejidos y rebuznos y un mar de gentes disfrutando de tan profuso, y aborrecible espectáculo. Yo en cambio sólo le miro a él, pero lo hago antes de esas estrofas de rito pagano. Luego me iré. Y lo hago angulosa, casi fija, como si fuera una estrella fija, Spica misma o Aldebarán, con ojos de giroscopio. Ojos como concepciones. Hoy puedo. Ese movimiento sísmico que debió suceder estos días atrás en mis constantes emocionales me lo autoriza.
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Avellaneda extrema, no figura. Se divierte pegándole el esquinazo a su anquilosado padre. Emblemática flor de cañamo, que la hermosa puber, luce en su garganta. Más estrellas, ojos condenando como constelaciones ofidios, en esa dicromía inequívoca. Algún abrazo dado en el espasmo de un callejón oscuro tras el amparo de un escenario. Y me fijo en el reloj que adorna la muñeca de ese hombre con el cocodrilo estampado en el pecho, el padre. Tiene un gusto muy caro, sobre todo para un individuo que cerca de los cincuenta ha vuelto a quedarse en la lista de espera del paro. Moira dice que esta generación de médicos tuvo mala suerte. Trabajaron rápido, y fueron rotando de centro ambulatorio en centro. Un seguro social hasta que convocaron las oposiciones y los jodieron vivos. Los nuevos sencillamente tenían los conocimientos más frescos, y seguramente más ímpetu académico y más formación. Pero esa enfermedad suya yo diría que sólo es del alma. Esa que le tiene enclavado en esa baja que ya dura meses y que nadie se cree que lo es. Porque las lenguas pérfidas son malas de convencer. Menos mal que su mujer es un valor en alza. Pero él siempre ahí, fiel a esa silla en primera plana, como si fuera aquel monje ruso de mirada endemoniada, porque así lo llama ese calvo nauseabundo, que a mi lado no se pierde ni comba del detalle. Tomándose ese café con hielo que a mí no me han querido servir, y de vez en cuando llevándose a los labios un sorbo helado de JB. Luego llega esta viejecita que se ha quedado aquí, sentada a mi lado. Una de mis viejecitas desangeladas. Como la del otro día. Aquella, ojos y pelo de pájaro. Él la vio. Imagino que en algún momento levantó la cabeza o miró en nuestra dirección, mientras yo enredaba en su teléfono para comprobar el perfecto funcionamiento de su despertador. Me refiero al hombre del fondo del bar. Es que yo tengo esta tendencia, a mezclarlo todo igual que si un domingo fuera lunes o martes, una mala costumbre como otra cualquiera. Y a mí qué va importarme que esta mujer se siente a mi lado. Si yo voy a hacer lo mismo. Lo mismo que si ella estuviera en cualquier otra mesa. Sólo quiere tomarse un café y encontrar un lugar donde aflojar los huesos cansados. Y aquí hasta los adoquines comienzan a estar ya a reventar. Pero no, café a ella tampoco le sirven. Muy listos los dueños de estos locales. No, hasta que no se acabe la carrera no, la cafetera permanecerá apagada. Entonces ella resignada pide un mosto, y yo por un resquicio atrapo a tiempo mi natural disposición amable y me evito así entrar en otra conversación banal de lo más innecesaria. Entonces aún le miro más fija a él, o más angulosa, prácticamente adivinando, al hombre del reloj caro, y hasta que los ojos se me humedecen de esfuerzo ímprobo. Está planteándoselo, lo sé por esos gestos inconscientes de evaluación que hace. Pero no va a atreverse. Diez contra uno a qué no. Y no. Por supuesto que no. Dobló la esquina sí, pero tras darse cuenta de que yo aún no me había alejado calle abajo. Nunca lo sabremos ya. Porque en realidad si alguien tiene que seguir a alguien, en este presente debe ser un requisito indispensable que sea él a mí, como lo fue la última vez. Es que… ¿para qué sirven los errores reincidentes si no?
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Y aquel lapislazuli no era tal. Fue una turquesa. Así que las casualidades se estancan, y ya no me importa haber perdido el cordón que me unía todavía a mi amatista pero tendré que encontrar otro regalo de cumpleaños. Moira cumple cuarenta. Y el de la filatelia, en un ineficaz intento, no sé si de agradarme o de hacer otra venta más, quiere aproximarme a un cuenco, fabricado, eso sí, con lapislázuli, que dice que se encuentra en el escaparate. Y que no, buen hombre, que no, ni tampoco una campana tibetana, ni una sortija espectacular y estridente con una araña roja, ni esa bagatela hortera de color azul. Madre mía, que cara pondría Moira si me atrevo a pedirle que se ponga eso. Pero he de reconocer que me quedo con las ganas de otra de mis piedras aunque para mí, porque siento una extraña ausencia en el pecho desde que la noche del jueves me la arranqué. Casi como si en lugar de ser un cuarzo con destellos morados, hubiese sido un fragmento de mi esternón.
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Y busco a Dan Simmons en la biblioteca, en la sección de literatura en lengua inglesa pero ‘El regreso de Hyperión’ no es ‘Hyperión’, o por lo menos, yo no veo en la contraportada ninguna referencia a esas anotaciones que tomé en mi cuaderno: Señor del Dolor, Esperanzas Imposibles. Porque ese era el libro, que a ratos leía, aquel hombre del fondo del bar. De todas formas ya tengo entre mis manos un librillo de poemas. ‘En la Masmédula’ de Oliverio Girondo, ese mismo al que le importaba un pito que las mujeres tuvieran los senos como magnolias o como pasas de higo… pero también aquel que era irreductible, y que no les perdonaba bajo ningún pretexto que no supieran volar… Sentimos en el jadeo, apostilla la editora por detrás. Y yo rebusco entre sus páginas, en el sosiego de un banco apartado en un parque inglés, algún jadeo que horadar… tal vez: ‘..el amor terco a todo/ el amormor pleamante en colmo brote totem de amor de amor…’
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Y mientras me voy, observo algo tan absurdo que me detengo ahí mismo a registrarlo. Una mujer, ya sesentona, le explica a un matrimonio que si tuviera un nieto y no ese pequeño schnauzer negro, le habría comprado un globo en forma de fauna de colores y no esa temerosa araña de feria alojada en el extremo de una cuerda elástica. Y recuerdo a la niña de la puerta del aseo. Lo furiosa que se puso cuando llamé a su cebra fucsia, cebra y no caballo. ¿No ves la cola y las crines? -me dijo acarciándola. Sí, claro, he sido muy torpe. Lo siento. Pero cómo era tan evitable quizás ser la primera en decirle que no… porque en mi caso, quizás esté aprendiendo… Antes me habría parecido tan inaceptable no desengañarla.
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Y dos trenes colisionan en Egipto y el balance de muertos también se aproximaba ya a la sesentena. Y eso fue lo último que suspiré del mundo antes de encerrarme aquí.

Una respuesta

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  1. Maria de Herem said, on abril 9, 2009 at 9:38 am

    Escrito en agosto del año 2006. Recordando cuando fue la primera vez que me fijé en ese detalle…


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